Andrea Miguélez, la nueva perla del triatlón paralímpico español

"Cuando tenía tres años, en una siesta, mis padres vieron que dejaba de respirar, se asustaron, y vieron que no era normal".

EFE (David Ramiro)

Andrea Miguélez, la nueva perla del triatlón paralímpico español
Andrea Miguélez, la nueva perla del triatlón paralímpico español

Andrea Miguélez es, a sus 18 años, la nueva perla del triatlón paralímpico español y con humildad, esfuerzo, dedicación y talento se está dedicando a "crear sueños", como dice. Uno de ellos llegó esta temporada, la de su debut internacional, en la que se proclamó campeona del mundo, iniciando una trayectoria deportiva que promete dar muchas más alegrías en el futuro.

El año 2021 no será fácil de olvidar para Andrea Miguélez (Getafe, Madrid; 2003). La clasificaron por discapacidad a nivel internacional en abril y desde entonces ha logrado un oro en la Copa del Mundo de A Coruña, otro en el Europeo de Valencia y el broche a una temporada para enmarcar lo logró con el título de campeona del mundo en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) en su categoría PTS3 de discapacidades significativas, aventajando en meta en casi cinco minutos a la francesa Elise Marc.

"Ha sido un año inmejorable y eso que el planteamiento de meterme al para-triatlón nunca lo había tenido, pese a que llevaba siete años entrenando, pero se dieron las circunstancias y lo aproveché", confiesa a EFE Andrea.

"Todo comenzó con una propuesta de mi entrenador, Ángel Salamanca, y con una toma de tiempos en Madrid. Me dijeron que me venía a ver 'Kini' Carrasco (triatleta paralímpico) y al poco me llamó para el equipo de promesas. Desde entonces estoy disfrutando mucho de este momento porque me estoy dedicando a crear sueños", comenta.

Andrea Miguélez padece una enfermedad rara. Nació con la malformación de Arnold Chiari, una afección en la cual el tejido cerebral se extiende hacia el canal espinal, causando presión en el cerebelo y tronco encefálico.

"Cuando tenía tres años, en una siesta, mis padres vieron que dejaba de respirar, se asustaron, y vieron que no era normal. Estuve tres años de pruebas, no consiguieron descifrar lo que era, hasta que en el hospital Niño Jesús vieron que tenía el cerebelo que comprimía la médula, algo que me provocaba apneas, llegando a tener unas 360 todas las noches, algo peligroso", desvela.

"Respiraba dos veces y me quedaba doce segundos sin respirar. Pasado un tiempo me sometí a una operación, me recolocaron todo y mejoré, pero tengo las dos primeras vertebras limadas al 50% y la tercera al 25%", señala la joven deportista madrileña, que convive con una cicatriz de 46 puntos en el cuello.

"Todo lo que me ha pasado, al ser tan pequeña, no me lo he tomado mal y mis padres lo han llevado con naturalidad. No he tenido complejo, no me ha sido algo difícil y mis profesores se volcaron mucho. Sin embargo, cuando he sido más mayor, sí he sufrido por la discapacidad algunas veces", comenta.

"Hay cosas que no puedo hacer porque tengo una parestesia en la mano izquierda que no controlo y que me hace no sentir. Por ello, algunos profesores me han hecho sentir muy mal en sus clases", confiesa Andrea, que estudia un Grado de Técnico de auxiliar de enfermería en un instituto de Valdemoro.

"En odontología el material se pasa con la mano izquierda y el aspirador se coge con la mano derecha. Yo en ese orden no lo puedo hacer y dije que lo hacía al contrario. Me pusieron muchas pegas, lo llevaron a jefatura, me decían que no quería hacer las cosas y esa situación duele, sobre todo porque yo no dije de no hacer las cosas, sino de cambiar el orden de hacerlas con una adaptación porque no puedo. No estaba pidiendo que me quitaran un examen o negándome a hacerlas, sino buscando una solución", comenta.

Ese no ha sido el único mal trago que ha sufrido Andrea por su discapacidad. Anteriormente, cuando tenía que tocar la flauta en clase y no podía al no notar los agujeros, un profesor la llamó inútil y la echó de clase.

Andrea, que eligió encauzar sus estudios por la sanidad, tenía también como preferencia ser policía, lo que pasa es que para entrar en los cuerpos de seguridad del estado hay un cuadro de exclusiones médicas entre las que se encuentran las enfermedades neurológicas.

"Por ese motivo ser policía estaba descartado pero la sanidad también me gusta porque quiero ayudar a la gente como otras personas me han ayudado a mi", apunta.

El deporte es ahora también su refugio. Pertenece al Club Triatlón 401, dirigido por Ángel Salamanca, en el que coincide con Eva Moral, ganadora de la medalla de bronce en los Juegos Paralímpicos de Tokio en la categoría PTWC de silla de ruedas.

Con ella y con la elite del triatlón paralímpico como Jairo Ruiz, Alejandro Sánchez Palomero o Susana Rodríguez ha compartido la experiencia del Mundial de Abu Dabi.

"He estado con los mejores y compartir ese momento con ellos es un sueño. Lo vivido en el Mundial ha sido algo increíble", subraya Andrea, que no renuncia al sueño de París 2024 pese a que la dificultad de clasificarse, al no estar su categoría en el programa de competición, es mayor.

"Estar en París es difícil porque mi categoría no está metida y me tendré que clasificar con las superiores, pero no hay nada imposible. Tengo que ganar a categorías superiores para entrar en el ránking paralímpico pero voy a probar y no descarto nada", señala.

Esos valores de sacrificio y fuerza de voluntad intrínsecos del deporte los ha aprendido en casa. "Me he criado sobre ruedas. Mi padre y mi tío han hecho ciclismo. Mi hermano, aparte, hacía triatlón por su cuenta, se metió en el Club Las Américas de Parla, y el año que me rompí un brazo empecé a estar más con él y a verle entrenar hasta que un día me dijeron de probar y me enganché".

Ahora, el día a día de Andrea se reparte entre los estudios y el deporte. Entrena todos los días salvo los domingos, que descansa. Natación, ciclismo, atletismo y trabajo de fuerza marcan su rutina de entrenamientos. Por delante un 2022 ilusionante. Su historia deportiva la está empezando a escribir y los sueños cada vez son más.

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