"Si la prioridad es mejorar y hay que meter días de 6 horas, haré esos días sin cuestionármelo"

Ésta es la 'filosofía IRONMAN' de Clemente Alonso que, a sus 43 años, le ha llevado a la 4ª plaza en el IRONMAN de Copenhague con un espectacular registro sub8.

Clemente Alonso / SIN CLEMENCIA

"Si la prioridad es mejorar y hay que meter días de 6 horas, haré esos días sin cuestionármelo".
"Si la prioridad es mejorar y hay que meter días de 6 horas, haré esos días sin cuestionármelo".

No hay duda de que a Clemente Alonso le sientan muy bien los IRONMAN nórdicos...

En 2014 terminó 2º el de Copenhague (Dinamarca). En 2017 ganó el de Kalmar (Suecia). Y el pasado domingo, en su regreso al IRONMAN de la capital danesa, logró una gran 4ª plaza, en una competición con mucho nivel. Sólo hay que echarle un vistazo al podio final. 

La victoria fue para el australiano Cameron Wurf, además en tiempo récord (7:46:06), seguido por el canadiense Lionel Sanders (7:49:24), quien por fin obtuvo el slot para Kona que tanto se le estaba resistiendo (aunque tendrá que esperar hasta febrero del año que viene para hacer uso del mismo debido al aplazamiento del Mundial IRONMAN). El finlandés Henrik Goesch completó el podio (7:52:10) y se llevó la otra plaza para Hawaii que ponía en juego la prueba.

Clemente Alonso también bajó de las 8 horas para acabar en la 4ª posición (7:55:09)...

¿Cuál es el secreto para, a los 43 años, seguir codeándose con los mejores triatletas de larga distancia del mundo y firmar semajante 'tiempazo'? La respuesta está en la última reflexión que nos dejó en su sección SIN CLEMENCIA del número 77 de la Revista Triatlón...

TRABAJO, OTRA VEZ

“Llenar de pan las tinieblas, fundar otra vez la esperanza"

Entre los muchos defectos que tengo, incluido regodearme con ellos como manera de llevarlos mejor, está una excesiva adherencia a la razón, la lógica y lo que dicen los hechos si tengo la suerte de conseguir verlos.

A priori puede parecer que no hay problema con esto, que es algo bueno, pero somos seres emocionales y la anécdota sentimental, la tendencia al optimismo o pesimismo de cada uno y cierta afición al drama pesan mucho más que la relevancia estadística, los hechos (sobre todo si no casan con nuestro argumentario) y los números.

Con los años voy aprendiendo a callarme, porque esta tendencia a ver los números por encima de lo que ve la mayoría de la gente me ha traído cierta fama de Asperger (dicho sea con todo el respeto a los trastornos del espectro autista), no tanto por no ofender, que también, sino porque al final uno se da cuenta de que está más valorado no cambiar de opinión (a pesar de que “A foolish consistency is the hobgoblin of little minds”) que prestar atención a un argumento razonado con la idea en mente, aunque sea remota, de que podríamos estar equivocados. Sin embargo, hay veces que no puedo evitarlo y caigo.

Así, pues, el otro día, a raíz de unos desgraciados acontecimientos recientes y el uso mamporrero que se hizo de ellos tan típico de estos tiempos posmodernos de políticas identitarias, me vi teniendo que escarbar en la web del Instituto Nacional de Estadística unos datos porque a veces hay suerte y alguien que discrepa contigo tiene a bien pedirte datos o estudios que demuestren que está equivocado (siendo esto a menudo una prórroga de la obstinación en la que los datos no siempre servirán de mucho -todos estamos sujetos a distintos sesgos cognitivos-). No quiero irme por las ramas, simplemente decir que se trató de una labor muy farragosa en la que tuve que ir año a año y por grupo de edad simplemente para sacar un porcentaje final que desmontara la citada tesis mamporrera (cuando, en realidad, es algo estéril, porque con los movimientos identitarios, si discrepas, automáticamente te cascan un sambenito que te descalifica y deslegitima para argumentar nada: no ha lugar a debate). Precisamente en esto pensaba, en qué sentido tenía echar todo este tiempo en algo, sobre todo siendo improductivo... “Esto es demasiado trabajo hasta si te lo dan mascado”.

En ese momento me di cuenta de cómo nos ha ido afectando la necesidad de lo inmediato en las últimas décadas. Se da uno cuenta leyendo artículos de ciertas revistas que publican temas en profundidad: perdemos la paciencia leyendo con frecuencia, yo al menos. No es que sea culpa de twitter, que no es más que el ejemplo extremo de una capacidad de atención cada vez más limitada, de una impaciencia por defecto cada vez más incompatible con conocer algo con detalle, incompatible, por tanto, con conocer mejor la realidad, que, por más que nos guste simplificar para entender mejor, está llena de detalles y circunstancias y no suele ser sencilla (y esto casa con lo que mencionábamos antes de no poder debatirse nada: tampoco puede matizarse). Nos cuesta leer artículos de más de una página (de media si el autor es éste que escribe estas palabras), como para entrar a leer una publicación científica para comprobar si realmente mide lo que dice medir (su validez).

Claro, hablar de “la ley del mínimo esfuerzo” suena mucho peor que hablar de “eficiencia”, pero en el fondo, si se está cumpliendo, es casi lo mismo. Siempre he dicho medio en broma, medio en serio que si pudiera mejorar en Ironman con media hora de entreno al día o incluso con pensarlo no iba a andar metiendo muchos días de 6h de entrenamiento, pero que, mientras la prioridad sea mejorar y para esto necesite meter días de 6h, haré esos días sin cuestionármelos siempre que los vea productivos.

Porque (por fin llego a lo que nos atañe) ¿cómo encaja algo como el deporte de fondo, en particular el Ironman que yo hago, en unos tiempos en los que cada vez nos cuesta más esforzarnos por algo que queremos? Yo no veo nada malo en el hedonismo, mientras no se pretendan los resultados de trabajar duro (y esto, aunque evidente, se ve con cierta frecuencia, cada vez más), pero conviene aclarar que no hacer nada prolongadamente nos debilita, nos hace peores, igual que no ejercitarse nos desentrena, ya sea cuerpo o mente.

En este espacio me he hartado a decir que el deporte transfiere muy bien a la vida. Alguno pensará que lo digo como cliché, pero en casos como el que tratamos hoy es evidente. El que quiera llegar a su mejor versión tendrá que pasar indudablemente por trabajárselo. El que quiera conocer la verdad tendrá que esforzarse por separar la señal del ruido, el marketing de la realidad y la ideología de los hechos.

Por más que nos guste echar la culpa a otros o pensar que el mundo nos debe algo, con lo único con lo que podemos contar es con nuestra capacidad de trabajar por ese algo; nadie más tiene porqué hacer nada ni, por tanto, fuera de la familia o unas pocas amistades, lo va a hacer. Y es en cosas como ésta donde algo tan “improductivo” como los deportes de fondo, el Ironman en particular, con ingentes cantidades de trabajo para mejoras mínimas, suponen el ejemplo extremo de lo que es toda una actitud para la vida: estar dispuesto a trabajar, a invertir, para mejorar. No es que trabajar per se dignifique (algún comentario con sorna he oído sobre este tópico), es que mejorar, perseverar, prosperar dignifican... y para eso, hay que trabajar.

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