DESQUITES: La venganza es un plato que se sirve frío

Las reflexiones de Clemente Alonso sobre el último Campeonato del Mundo Ironman de Kona.

Clemente Alonso

DESQUITES: La venganza es un plato que se sirve frío
DESQUITES: La venganza es un plato que se sirve frío

Ya pasó Kona. Para muchos parece que sea lo único que importa cada año, y que entre cada IM de Hawai lo que toca es esperar. Ya he dicho alguna vez que a Kona hay que ir como a una carrera de pueblo. Evidentemente no es que piense que lo sea (al contrario), pero de alguna manera hay que protegerse de su campo gravitacional.

Yo había planteado mi año como cualquier otro, a pesar de estar clasificado en profesionales desde noviembre. Mi plan era no hacer nada especial para esa carrera, porque la única manera de rendir bien para mí sería entrenar con la mayor normalidad posible, y no dejarme arrastrar por la enajenación colectiva que asocia la prueba. Como tantas otras personas que compaginan trabajo, familia y deporte, las circunstancias me sacaron de punto meses antes de la prueba y en esta realidad cambiante, producto de las nuevas circunstancias y hacerse mayor, no supe verlo a tiempo ni adaptar (aún más de lo que ya vengo haciendo) la carga de entrenamiento, con lo que me vi lidiando con algunas molestias que no había tenido antes (el típico “esto siempre se me ha ido solo sin parar, es poco" me confundió).

Conseguí, pensaba, levantar el vuelo a tiempo y corrí en Kalmar, donde no terminé porque se dio una de estas carreras feas que vemos últimamente, más en Europa, donde un trenecito de esos de lo que llaman “drafting legal" (y no tan legal) condicionó todo, y decidí no terminar y hacer sólo parte de la carrera a pie para poder retomar entrenamiento para Kona lo antes posible.

Sin embargo, tras volver de Kalmar, esos excesos desapercibidos en otros frentes no deportivos en los meses previos vinieron a traerme una factura que no podía pagar mi cuerpo (el cuerpo siempre incluye la cabeza -esperemos-). Hasta Kona, más que entrenar como uno quiere, echando el resto, pasó algo que evito a toda costa con la gente que entreno, que acabé al final teniendo que entrenar con sobras, haciendo lo que suele llamarse un “control de daños".

Tenía tan claro que esto era así que no tuve problema en ser muy sincero con mis aspiraciones en entrevistas previas a la prueba (parece ser que molestó a alguno, sólo se me ocurre a mí contestar lo que me da la gana cuando me entrevistan). Mi esperanza era, de la misma manera que aún tenía días buenos entrenando, que me saliera uno así compitiendo. Soy pues, en contra de lo que pudiera parecer, un optimista nato (si no, no seguiría haciendo triatlón décadas después teniendo cosas mejor remuneradas y más seguras que hacer), pero ese IM no perdona ninguna flaqueza. Si hay alguna fisura, la abre y te drena y vacía sin piedad.

Poco sentido tiene ya hablar más de lo malo aquí, si no es para que nos lleve a buen puerto, que ya he dejado claro aquí antes que “sobreponerse es todo". Aunque parezca que vuelvo a “hablar de mi libro", hay una cosa que conviene no olvidar: en un sitio tan duro como Kona lo más normal es que haya más carreras malas que buenas. Las crónicas de carrera se van a centrar en los que tuvieron éxito, pero lo más frecuente allí es ver penar a aquellos a los que la salvaje competición machacó o, a los que por ahí escaparon, verlos también penar dadas las brutales condiciones de la carrera. Por tanto, uso mi caso como un ejemplo entre tantos otros de lo que es la realidad cotidiana de esa carrera.

No es que no me interesen los ganadores, los triunfadores del día... es una competición después de todo, pero ya tienen toda la atención del mundo, mientras que de los demás podemos sacar cosas en claro, porque los demás volverán con una herida que escuece, pasarán un pequeño luto deportivo y en breve volverán a prepararse para el desquite, para ser más fuertes, para ser mejores, para encarnar muchos de esos valores que tiene el deporte y que tan válida y productivamente transfieren a la vida en general.

Ahora pues, toca descansar para que cicatricen las heridas, tener la paciencia de esperar al desquite, y ver qué se pudo hacer mejor y qué hay que cambiar. Toca trabajar, mejorar y andar paso a paso, el camino que hay que recorrer hasta estar a la altura del propio potencial, es decir, a la altura de uno mismo, la única meta que atañe a todos, la meta definitiva. Y ese camino, como todo lo que merece la pena, lleva tiempo. Mejor así: que venga el invierno, que algunos tenemos muchas cosas que hacer.