En el Reino de los Cielos

"En el Tour tienes que comerte el plato de sopa de alfileres enterito y ya luego, si tienes patas, te juegas la vida y esprintas".
Antonio del Pino -
En el Reino de los Cielos
En el Reino de los Cielos
El ciclismo es el deporte de fondo por definición. Porque difícil y duro es pegarse una soba de diez, catorce, veinte o cuarenta y ocho horas dándole cera al cuerpo... pero una Gran Vuelta... amigos, aquí hablamos de la Muralla China de los retos deportivos, para ciclistas, comentaristas y hasta para el que tira gorras a los fans en el arcén.

Claro que tengo mis preferencias subjetivas, por estilo, por su carácter, por su bici o por yo qué sé pero... se están dejando el alma.
No me parecía justo ni siquiera pensar que uno hubiera echado al fuego algo más que otro... y este jueves creo que tampoco.

Nosotros nos acomodamos delante de una pantalla mientras un ejército de miles y miles de personas se parten el lomo para que nosotros estemos en ese exquisito duerme vela de baba en el cojín o nos cabreamos porque no pasa nada, porque éste no se esfuerza, porque el director de turno es justito de entendederas, porque el trazado de la prueba es para nenazas, porque las declaraciones que hizo uno u otro corredor con la cara llena de sal y extenuado no fueron las más afortunadas o no del todo precisas... Todos dale que te pego a la lengua, o ahora con los botones del móvil, evangelizando al universo sobre lo que nos parece, como ahora hago yo...

El miércoles salieron a morir para una etapa de montaña y el jueves... más de lo mismo: rodillo para desayunar y rodillo para cenar. Nadie está dispuesto a que le pillen con las patas frías.

Este Tour está reafirmando mi fe en el deporte con el me crie. Incluso, quedándome con lo malo y todas las cosas feas que he visto, me gusta todo lo que he aprendido del ciclismo.

Me enamoré tanto porque me enseñó que todo el mundo sufre horrores, incluso el que te gana, porque aquí no vale quedarse trotando al borde del área echando gapos y arreglar la total ausencia con una genial virguería en el minuto noventa. Incluso para ser rematador, aquí tienes que comerte el plato de sopa de alfileres enterito y ya luego, si tienes patas, te juegas la vida y esprintas.

Aquí, previamente a que te suelten de rueda, en igualdad de oportunidades se entiende, el que se va para delante ha tenido que echar el hígado. Ya luego que disfrute del trofeo... y del calentón que se llevó para lograrlo.

En el Galibier no podía articular palabra. Viendo la etapa por la noche volví a ver ese lugar de sueños de todos los que amamos el ciclismo, como este jueves en Izoard.

Cumbres de montañas propias de rincones inexplorados en otros planetas, deportistas al borde del desahucio luchando por encontrar ese poco más, que saben que no hay pero insisten, que ceden un palmo y ya saben que sólo es el primero del siguiente, y el siguiente... un frustrante final a cámara lenta... dando profundas caladas a ese pestazo a embrague, soportando la cruel mofa del payaso que viene de casa con un disfraz que define su alma, mientras le gritan de todo en todo tipo de idiomas extraños, entre los que a veces se cuela una voz amiga... pero no dejan de luchar.

Los hay más fuertes y menos, la clasificación está ahí y habla por sí sola, pero no me siento acreditado para nombrar a un solo corredor por encima de otro en estas dos últimas etapas del Tour de Francia.

Que sea lo que tenga que ser en la crono del Velodrome de Marsella, porque si los méritos y esfuerzos de estos días en el Tour fueran clasificatorios para la salvación eterna, todos estos ya tienen su lugar en el Reino de los Cielos...

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