Cuestión de confianza: tener fe en el entrenamiento es más complicado de lo que parece

¿Es necesario, cuando se acerca la competición, “arrasar” en cada entreno para confirmar que sí, que realmente llegamos bien a una determinada prueba?
Clemente Alonso -
Cuestión de confianza: tener fe en el entrenamiento es más complicado de lo que parece
Cuestión de confianza: tener fe en el entrenamiento es más complicado de lo que parece

Ya he hablado en varias ocasiones de mi relación amor-odio con Twitter. No hay día que no lea algo que me haga echarme las manos a la cabeza, a veces, hasta de gente que tengo por inteligente y sensata. Sin embargo, de repente también encuentra uno hilos muy didácticos, graciosos y hasta perlas que te hacen plantearte cosas y a las que les acabas sacando gran utilidad. En una de esas perlas se citaba a Nick Saban, un entrenador de fútbol americano, que venía a decir, más o menos, “Cónoce qué es lo que quieres conseguir y céntrate en el proceso antes que en el resultado.” y, dentro de esa perla-tuit, se matizaba: “Centrarse en los resultados alimenta la ansiedad de la competición”.

En deportistas exigentes que he llevado, que han entrenado de manera ejemplar asimilando carga, siempre desde la sensatez y la prudencia, pero sin dejar de trabajar duro, en cuanto la brisa traía el olor a pólvora de la competición, que estaba ya a la vista, llegaban pequeñas (o no tan pequeñas) lesiones que en un análisis superficial podríamos catalogar de mala suerte. Sin embargo la mala suerte que se repite para unas circunstancias dadas no es tal: hay un patrón.

Hemos hablado recientemente de lo difícil que es dar con la tecla buena entrenando con ambición, de evitar caer en la autoindulgencia sin dejar de estar en la zona de las adaptaciones al entrenamiento. Eso era, digamos, en lo estrictamente físico, suponiendo que podemos separar la cabeza del resto del cuerpo (¡no!). Sin embargo, incluso en casos como comentábamos en el anterior número de esta revista, cuando se viene de lesiones prolongadas, cómo viene la cabeza de preparada para “la guerra” es muy importante. Ya he explicado por aquí que, para mí, la mejor preparación psicológica es una gran preparación física: poco a poco, a medida que progresa la carga de entrenamiento, vamos siendo conscientes de qué estamos preparados para afrontar, vamos ganando seguridad y confianza, hasta el punto de que llegar a la línea de salida es, como dijimos, presentarse en la ventanilla del banco a reclamar lo que hemos ahorrado durante años: el resultado nos pertenece porque hemos hecho nuestro el proceso.

Sin embargo, y aunque me ha costado verlo en su verdadera frecuencia, a menudo, los deportistas más exigentes que olvidan que lo importante es el proceso (o que no llegaron a interiorizar bien el concepto, cosa que no es tan difícil que ocurra) llegan a las últimas semanas con la necesidad imperiosa de “arrasar” en cada entreno, en todos y cada uno de ellos, seguramente siempre de manera inconsciente, porque necesitan identificar en esos rendimientos de última hora entrenando que sí, que realmente llegan bien a la competición.

¿Qué ocurre luego? A veces no pasa nada y, con suerte, si es capaz de entender el verdadero fin de una puesta a punto, es hasta posible que llegue al 100%. Sin embargo es más probable que se llegue cansado de más a la puesta a punto que el entrenador planeó para la carga previa propuesta (no la que el deportista decidió a última hora cuando se empeñó en “petarlo” en cada entrenamiento) y, de ahí, que llegue cansado a la competición, o que por el camino, tras tanto estímulo excesivo en una situación de fatiga (aún no empezó la descarga de la puesta a punto), llegue una lesión que se cargue lo que realmente importaba, la continuidad de un proceso llevado a cabo con sensatez. Y esto, me temo, ni es infrecuente, ni es fácil de controlar. No porque el terreno sea incierto por no ser razonable, sino porque se dan esos comportamientos de manera involuntaria y por tanto hay que intentar controlarlos de manera consciente, recordando que un día malo no invalida para nada una preparación que venía siendo ideal. Lo pongo más claro aún por si no conseguí explicarme: no estamos hablando de “machaquismo”, estamos hablando de ansiedad competitiva y, cosa que he venido a ver como patrón tarde, también ansiedad “precompetitiva” (entiéndase esto a cómo influye en las fases finales del entrenamiento en sí).

Yo por mi parte tomo nota, estoy ya pensando en posibles medidas para identificar e impedir estos comportamientos, porque por mucho que me empeñe en hacer ver (incluso hacerme ver) que lo importante es la continuidad del proceso bien llevado, que es lo que de verdad debiera darnos la confianza necesaria, es inevitable ser un poco “yonki” de las buenas sensaciones o, al menos, de los buenos registros, cuando se acerca la competición y aún no llegó la puesta a punto. Todo esto sea dicho aclarando antes que considero algo bueno llegar al bloque de trabajo de más fatiga con el hambre suficiente para querer ir a remachar (no como aquellos que han/hemos llegado a esta época alguna vez como un Miura que, humillado y reventado, dejó ya de ser Miura). El deporte en general, o el fondo en particular, no es una asignatura que podamos preparar la noche antes... nada de lo que queramos hacer bien debería serlo. Volvemos una vez más a reivindicar el trabajo, todo él, contemplado como proceso uniforme, esta vez como fuente de confianza y seguridad.

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