Las limitaciones del entrenamiento por pulso

El pulsómetro, nuestro fiel compañero de entrenamientos, no es tan fidedigno como creíamos.
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Las limitaciones del entrenamiento por pulso
Las limitaciones del entrenamiento por pulso

En la década de los 80 la aparición del pulsómetro para monitorizar la frecuencia cardíaca modificó la forma de entrenar de miles de atletas en todo el mundo. El cambio más importante fue manejar la intensidad del entrenamiento en base a nuestro pulso y también, a través de éste, valorar nuestros progresos. Con el paso de los años hemos descubierto que nuestro fiel compañero de entrenamientos no era tan fidedigno como creíamos y que sus datos, en el mejor de los casos, no aporta una perspectiva de cómo se encuentra nuestro organismo, pero que deben ser interpretados junto con otras variables relevantes y no como una verdad absoluta.

La primera objeción que podemos hacer es que la frecuencia cardíaca es un indicativo del estrés fisiológico soportado al realizar un trabajo, aunque no proporcione información acerca de la intensidad del ejercicio realizado en sí, por lo que en realidad supone una medida indirecta de ésta (carga interna).

Existen múltiples formas de establecer nuestras zonas de intensidad en base a la frecuencia cardíaca, aunque quizá las de uso más extendido sean en función de porcentajes de nuestra frecuencia cardíaca máxima, que podemos establecer en un test incremental, mejor al aire libre que en laboratorio, ya que los valores obtenidos en éste no siempre correlacionan bien con los test de campo.

Otra forma de establecer las zonas de intensidad, quizá la más fidedigna, es realizar un test de campo para determinar nuestro umbral de lactato o umbral funcional, por ejemplo, correr una distancia que nos lleve entre 20 minutos a la máxima intensidad y restando un 5% al ritmo cardíaco medio. Una vez que tenemos establecidas las zonas por cualquiera de estos métodos, es conveniente tener en cuenta las siguientes consideraciones a la hora de monitorizar nuestra intensidad en base a la frecuencia cardíaca:

Drift cardiovascular: tras los primeros minutos a una intensidad moderada, se da un descenso gradual del volumen sistólico y un aumento de la FC (aumentando el gasto cardiaco por minuto) sin que varíe la intensidad. Este fenómeno se achaca a la deshidratación durante esfuerzos prolongados y puede suponer una elevación del 11% de nuestra FC.

Retraso en alcanzar el estado de equilibrio: el organismo es capaz de aumentar de forma casi instantánea la intensidad de ejercicio o potencia desarrollada, pero el corazón no modifica de la misma forma su frecuencia, puesto que necesita adaptarse al nuevo ritmo de trabajo. Por ello, en intervalos cortos de alta intensidad cercana a la frecuencia máxima, es preferible guiarse por otro parámetro (esfuerzo percibido, velocidad…) y dejar la frecuencia cardíaca simplemente para valorar nuestra recuperación entre repeticiones o series.

Ejercicios supra-máximos: consecuente con lo expuesto en el apartado anterior, en esfuerzos por encima de la intensidad de VO2max (aunque no sea muy común en el entrenamiento de triatletas) no existe una correlación entre la intensidad y la frecuencia cardíaca, por lo que directamente es un parámetro que no nos sirve como indicador de intensidad.

Calor: la FC aumenta con el calor. Un factor posiblemente influyente es la temperatura corporal interna. Este aumento depende obviamente de la temperatura y de nuestro nivel de hidratación, pero el aumento puede estar en torno a 10 pulsaciones, por lo que se puede sobreestimar la intensidad del ejercicio.

Cafeína: aumenta la FC ligeramente, ya que es un estimulante (al igual que algunos medicamentos). Algo similar ocurre cuando nuestra adrenalina surge como respuesta de defensa ante un susto o peligro espontáneo, incluso en situaciones de competición. Nuestra FC sube rápidamente como mecanismo de defensa que nos predispone físicamente a la situación adversa.

Sobre-entrenamiento o falta de asimilación del entrenamiento: el exceso de entrenamiento o las recuperaciones limitadas pueden dar lugar a una fatiga central que se traduce en una disminución de la frecuencia cardíaca máxima, o de los porcentajes de ésta a diferentes intensidades de entrenamiento, es decir, nuestro esfuerzo percibido es alto, pero nuestra FC es baja.

 

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