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¿Por qué nos lesionamos?

Repasamos quién, qué, dónde y por qué nos lesionamos.
Dr. Phil Maffetone (traducción: Ester Galindo) -
¿Por qué nos lesionamos?
¿Por qué nos lesionamos?

Es un hecho constatado que la mayoría de las personas se lesiona alguna vez en su vida. Las lesiones constituyen algo habitual entre aquellas personas que llevan un estilo de vida activo, aunque con frecuencia también las sufren las personas más sedentarias.

¿A qué se debe?

Tanto el exceso como la falta de actividad física pueden contribuir a que se produzca una lesión. Las lesiones también pueden ser el resultado de un trauma, como los impactos en deportes de contacto –como el fútbol, el baloncesto o el boxeo–, o pueden deberse a accidentes y caídas. También pueden estar causadas por enfermedades o dolencias.

Si bien solemos oír hablar más de las contusiones, lo que la mayoría de las personas desarrolla con mayor frecuencia es lo que denominamos “lesiones comunes”. Estas suelen ser más sutiles y difíciles de diagnosticar, debido a que son funcionales y potencialmente pueden acabar remitiendo con el tiempo. Aunque muchas veces las calificamos como leves, las lesiones comunes constituyen, en realidad, un signo de deterioro; un impedimento físico que puede mermar nuestra calidad de vida e impedirnos alcanzar nuestro máximo potencial, por no hablar de que puede afectar incluso nuestro medio de vida.

Al igual que los traumatismos, las lesiones comunes pueden clasificarse como agudas o crónicas. Una lesión aguda puede ser una torcedura de tobillo, un dolor de espalda súbito tras levantar un peso o una caída. En ocasiones, no notamos la lesión hasta la mañana siguiente. Y una lesión aguda puede persistir y convertirse en crónica. Muy a menudo tenemos la sensación de que las lesiones crónicas simplemente aparecen, cuando en realidad han venido desarrollándose durante varios días o semanas. Por este motivo muchas personas no son capaces de relacionarlas con ningún incidente en particular. A veces, dichas lesiones van y vienen, porque en realidad son el resultado de algún otro problema crónico que no acabamos de sanar.

La clasificación entre aguda y crónica puede resultar bastante confusa, ya que demasiado a menudo no notamos que estamos “engendrando” una lesión hasta que ya es demasiado tarde. El hecho de pasar muchas horas sentado, por ejemplo, constituye una causa habitual de lesión: un día te levantas de tu escritorio o sales del coche y ¡zas!... ya tienes tu flamante dolor de espalda agudo, causado por el estrés crónico de tanto estar sentado.

Las lesiones más comunes no dejan de ser complejas alteraciones físicas y bioquímicas de nuestro organismo, que pueden o no cursar con dolor, producir cierta discapacidad y hacernos más vulnerables a sufrir otros problemas físicos y bioquímicos. También suelen ser muy distintas y únicas, incluso entre dos personas que aparentemente presentan la misma lesión de rodilla, por ejemplo. Esto no suele ser así en el caso de los traumatismos, donde un menisco desgarrado o una fractura de fémur tienen un diagnóstico claro. La mayoría de las lesiones más comunes serían funcionales si viviésemos en la naturaleza, por lo que su diagnóstico real se limita a un desequilibrio muscular por sobrecarga, al uso de calzado inadecuado u otros motivos fisiológicos.

Es obvio que el dolor añade un componente emocional a las lesiones físicas y bioquímicas. Y si cursan con algún grado de discapacidad, las lesiones pueden afectar nuestra calidad de vida, restringir el movimiento natural e, incluso, dar lugar a otro tipo de lesión o enfermedad. Lo importante es saber que la mayoría de las lesiones son prevenibles y relativamente fáciles de corregir. Las personas que están más sanas presentan un menor número de lesiones y, en caso de sufrir algún percance, su cuerpo es más capaz de subsanarlo en un lapso de tiempo razonable.

Naturalmente no voy a hablar de las lesiones relacionadas con el trabajo o los accidentes de tráfico, pero sí diré que el momento en que se producen dichos incidentes nos indica ya cuál es su causa más común: la falta de atención. Y esta, muy a menudo, se debe a la fatiga o al hambre y a las correspondientes oscilaciones de los niveles de azúcar en sangre, lo cual contribuye a que nuestras funciones mentales se vean mermadas.

Es un hecho constatado que la mayoría de las personas se lesiona alguna vez en su vida. Las lesiones constituyen algo habitual entre aquellas personas que llevan un estilo de vida activo, aunque con frecuencia también las sufren las personas más sedentarias.

¿A qué se debe?

Tanto el exceso como la falta de actividad física pueden contribuir a que se produzca una lesión. Las lesiones también pueden ser el resultado de un trauma, como los impactos en deportes de contacto –como el fútbol, el baloncesto o el boxeo–, o pueden deberse a accidentes y caídas. También pueden estar causadas por enfermedades o dolencias.

Si bien solemos oír hablar más de las contusiones, lo que la mayoría de las personas desarrolla con mayor frecuencia es lo que denominamos “lesiones comunes”. Estas suelen ser más sutiles y difíciles de diagnosticar, debido a que son funcionales y potencialmente pueden acabar remitiendo con el tiempo. Aunque muchas veces las calificamos como leves, las lesiones comunes constituyen, en realidad, un signo de deterioro; un impedimento físico que puede mermar nuestra calidad de vida e impedirnos alcanzar nuestro máximo potencial, por no hablar de que puede afectar incluso nuestro medio de vida.

Al igual que los traumatismos, las lesiones comunes pueden clasificarse como agudas o crónicas. Una lesión aguda puede ser una torcedura de tobillo, un dolor de espalda súbito tras levantar un peso o una caída. En ocasiones, no notamos la lesión hasta la mañana siguiente. Y una lesión aguda puede persistir y convertirse en crónica. Muy a menudo tenemos la sensación de que las lesiones crónicas simplemente aparecen, cuando en realidad han venido desarrollándose durante varios días o semanas. Por este motivo muchas personas no son capaces de relacionarlas con ningún incidente en particular. A veces, dichas lesiones van y vienen, porque en realidad son el resultado de algún otro problema crónico que no acabamos de sanar.

La clasificación entre aguda y crónica puede resultar bastante confusa, ya que demasiado a menudo no notamos que estamos “engendrando” una lesión hasta que ya es demasiado tarde. El hecho de pasar muchas horas sentado, por ejemplo, constituye una causa habitual de lesión: un día te levantas de tu escritorio o sales del coche y ¡zas!... ya tienes tu flamante dolor de espalda agudo, causado por el estrés crónico de tanto estar sentado.

Las lesiones más comunes no dejan de ser complejas alteraciones físicas y bioquímicas de nuestro organismo, que pueden o no cursar con dolor, producir cierta discapacidad y hacernos más vulnerables a sufrir otros problemas físicos y bioquímicos. También suelen ser muy distintas y únicas, incluso entre dos personas que aparentemente presentan la misma lesión de rodilla, por ejemplo. Esto no suele ser así en el caso de los traumatismos, donde un menisco desgarrado o una fractura de fémur tienen un diagnóstico claro. La mayoría de las lesiones más comunes serían funcionales si viviésemos en la naturaleza, por lo que su diagnóstico real se limita a un desequilibrio muscular por sobrecarga, al uso de calzado inadecuado u otros motivos fisiológicos.

Es obvio que el dolor añade un componente emocional a las lesiones físicas y bioquímicas. Y si cursan con algún grado de discapacidad, las lesiones pueden afectar nuestra calidad de vida, restringir el movimiento natural e, incluso, dar lugar a otro tipo de lesión o enfermedad. Lo importante es saber que la mayoría de las lesiones son prevenibles y relativamente fáciles de corregir. Las personas que están más sanas presentan un menor número de lesiones y, en caso de sufrir algún percance, su cuerpo es más capaz de subsanarlo en un lapso de tiempo razonable.

Naturalmente no voy a hablar de las lesiones relacionadas con el trabajo o los accidentes de tráfico, pero sí diré que el momento en que se producen dichos incidentes nos indica ya cuál es su causa más común: la falta de atención. Y esta, muy a menudo, se debe a la fatiga o al hambre y a las correspondientes oscilaciones de los niveles de azúcar en sangre, lo cual contribuye a que nuestras funciones mentales se vean mermadas.

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¿Quién se lesiona (y quién no)?

La mayoría de las personas se lesiona alguna vez en la vida. Las personas que practican deportes de contacto se lastiman con frecuencia; les siguen de cerca los atletas de resistencia, y, con una incidencia de lesiones similar, también aquellos que realizan actividades físicas como clases de aeróbic, sesiones de pesas en el gimnasio e incluso caminar. Lo más sorprendente de todo es que, entre las personas sedentarias, se registran cifras muy similares de lesiones, las cuales suelen deberse a otros motivos.

El hecho es que la mayoría de las personas de este planeta se lesiona debido a algún tipo de estrés físico o bioquímico. El hecho de mantenerte sano y en forma te permite prevenir lesiones, y en el caso de lesionarte, te facilita y acelera la curación.

¿Qué?

La mayoría de las lesiones presentan algún síntoma muscular, tanto si cursan con dolor en el propio músculo como si no. La mayoría de las lesiones no traumáticas se deben a un mero desequilibrio muscular. Una vez que se deteriora la capacidad funcional de un músculo, los efectos secundarios incluyen dolor en la articulación, el ligamento, el tendón y otras áreas físicas asociadas, así como una restricción del movimiento.

Los músculos que atraviesan dos articulaciones son particularmente vulnerables y los que suelen lesionarse más a menudo. La inactividad -sobre todo, el pasarse demasiado tiempo sentado- también aumenta el riesgo de lesiones. Aunque, por lo general, solemos hablar de “tirones” y “torceduras” para describir dichas lesiones, la causa más frecuente de las mismas es el desequilibrio muscular. Y tanto la fatiga como el desequilibrio muscular pueden desempeñar un papel importante en las fracturas óseas por estrés.

¿Dónde?

Si las lesiones son de tipo muscular, es importante que averigües en qué parte del músculo se halla la lesión. En la mayoría de los casos no logramos notar el punto exacto, pero es importante que lo localicemos porque el lugar exacto de la lesión nos proporciona información muy valiosa acerca de la naturaleza de aquello que ha desencadenado el problema. Así que la pregunta aquí es: ¿en qué parte del músculo se ha producido la lesión?

Hace ya tiempo que sabemos que las fibras musculares anaeróbicas, las de contracción rápida, son más propensas a lesionarse, en comparación con las fibras aeróbicas de contracción lenta. Esto se ha demostrado mediante imágenes de resonancia magnética, las cuales también muestran cómo estas fibras anaeróbicas pueden hacer que una persona sea más susceptible de lesionarse.

La fibra muscular aeróbica de contracción lenta, con su potencial de energía a largo plazo y su capacidad de movimiento resistente a la fatiga, refuerza las articulaciones y los tejidos blandos circundantes, y puede contribuir a que las fibras anaeróbicas funcionen mejor. En cambio, si el sistema aeróbico no está bien desarrollado, esta función puede verse reducida.

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¿Por qué?

En resumen, nos lesionamos porque hacemos algo que altera nuestro equilibrio natural. Por ejemplo, una dieta deficiente puede contribuir a que desarrollemos una inflamación crónica, o quizá llevamos un calzado inadecuado o nuestro volumen de ejercicio físico es excesivo o insuficiente. Todos estos y otros tipos de estresores pueden causarnos un desequilibrio muscular.

Un motivo universal del enorme número de lesiones que registramos hoy día es una mala salud física y mental, y una condición física pobre. Concretamente, me refiero a:

-No preparar (calentar) el cuerpo debidamente para el ejercicio físico o la actividad laboral.

-La fatiga muscular (debida, a menudo, a una actividad física excesiva), como resultado de un uso excesivo de la musculatura.

-El desequilibrio muscular, lo que predispone a una lesión que de otro modo no se daría.

-Una función aeróbica pobre.

-Una disfunción cerebral aguda o crónica.

-Básicamente, un cerebro y un cuerpo sanos pueden corregir el desequilibrio muscular.

En conclusión, invertir en un cuerpo y un cerebro sanos y en forma constituye la mejor estrategia para prevenir lesiones de todo tipo, y puede ayudarte a sanar las que puedas padecer en estos momentos.

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